En el año 751 fue derrocada la dinastía Siria de los Omeyas. Sólo se salvó uno de sus miembros, Abderrahmán, quien consiguió refugiarse en España, donde fundó el Emirato de Córdoba. La ascensión de la dinastía abasí al poder tras la caída de los omeyas no fue sólo una sustitución dinástica, sino una revolución que implicó profundos cambios en las estructuras del imperio.El estilo sirio-bizantino de los califas omeyas fue sustituido por el estilo mesopotámico persa de los abasíes. Surgió una nueva concepción del mundo islámico, encarnada por los califas de Bagdad y sus visires, su corte y su autocracia. La vida económica recibió un gran impulso, la aristocracia beduina de los conquistadores fue reemplazada por un gobierno cosmopolita, sustentado en los mercaderes, los negociantes y los administradores, quienes acrecentaron las fortunas personales y la del Estado. Este cambio respondió a la necesidad de una economía de paz agrícola y comercial.
El Islam extendía sus dominios desde el Atlántico hasta Asia central, pese a la constitución de un emirato independiente del poder central en España y a que en el siglo X los fatimíes controlaron el norte de África.
La hegemonía política musulmana estuvo acompañada de una dominación económica que generó graves desequilibrios sociales en el imperio. Éstos dieron lugar a disturbios y revueltas cuyas principales reivindicaciones, aparentemente motivadas por causas de tipo religioso, tuvieron con frecuencia un marcado carácter social, especialmente en el ámbito campesino, como manifestación de oposición contra el dominio de ciudadanos y burgueses.Las ciudades tuvieron un gran desarrollo tanto en el plano económico como en el cultural.
